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Después de redada, los lazos interraciales de Laurel siguen fuertes

New America Media, Reportaje, Marcelo Ballvé Posted: Oct 18, 2008

Nota del Redactor: Casi 600 personas fueron detenidas en una redada de inmigración en Laurel, en Misisipi en agosto. Marcelo Ballvé de New America Media viajó a Laurel para averiguar cómo un pueblo pequeño ha llevado el cambio demográfico, y descubrió que la proximidad puede dar lugar tanto a tensiones como a unas relaciones sorprendentes.

LAUREL, Miss. -- Melvin Mack recuerda la época fea de Jim Crow cuando fue testigo del desfile del Ku Klux Klan cuando pasó justo en frente del edificio en el centro de la ciudad donde trabaja ahora como primer alcalde negro de Laurel.

“Hubo una época cuando existía mucho racismo en la ciudad de Laurel y en sus proximidades, se disparaba mucho a las casas de los negros, se quemaban muchas cruces, había mucha brutalidad”, dice.

Mack, elegido en 2005, es un símbolo de los esfuerzos por parte de Laurel de superar esta historia polémica. Por supuesto que las cicatrices de la segregación no se han curado completamente. La pobreza sigue inmersa en la comunidad afroamericana, persisten zonas de prejuicio. Pero Laurel ha progresado tanto que cuando miles de inmigrantes latino-americanos empezaron a llegar a finales de los 90, no hubo casi ningún problema.
mayor mackAlcalde Melvin Mack
“Realmente, no levantó ninguna ceja”, dice Paul Barrett, editor de The Review, un periódico semanal de Laurel. “Trabajaban mucho y se mantenían juntos entre ellos”.

Los recién llegados, principalmente mexicanos y panameños indocumentados, alquilaban casas y caravanas y renovaban locales y edificios desocupados poniendo sus restaurantes, tiendas e iglesias. Encontraron trabajo en las plantaciones de pino, en la madera y procesadoras de aves, y en Howard Industries, un millonario fabricante autóctono de electrónica y que es el empleador más grande de todo el pueblo.

A decir de todos, Laurel y el Condado de Jones que lo rodea habían empezado a montar una convivencia cívica, juntando negros, blancos e inmigrantes.

Luego, el 25 de agosto, agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas [ICE, por sus siglas en inglés] entraron de repente en una grandísima planta transformadora de Howard Industries a las afueras del pueblo, y detuvieron a 595 trabajadores indocumentados exponiendo hasta donde las empresas locales habían empezado a aprovechar la mano de obra inmigrante. Se expresaron públicamente algunas tensiones que se habían ido acumulando debajo de la superficie por mucho tiempo – sobre todo preocupaciones acerca de si los inmigrantes ilegales les estaban quitando trabajos a los residentes locales pobres.

Como es lógico, restriccionistas de inmigración, últimamente aumentando en número en Misisipi, ensalzaron la redada.

El senador del estado Chris McDaniel, un republicano del Condado de Jones, había ayudado a escribir una ley estricta que se aprobó a principios de este año. Entre otras trabas para la inmigración ilegal, convertía en un delito grave el que un trabajador indocumentado tomara un trabajo en Misisipi. Poco después de la redada, McDaniel salió en las noticias locales de un afiliado de NBC WDAM-TV. “No tengo ninguna duda de que los americanos sí harían esos trabajos”, dijo McDaniel, que es blanco. “Pienso que es algo bueno lo que hizo el gobierno federal”.

McDaniel destacó el alto desempleo del Condado de Jones como razón para acoger la redada con agrado, aunque el condado tiene la cuarta tasa más baja de desempleo de los 82 condados de Misisipi – el 6.5 por ciento, según las estadísticas del gobierno estatal de julio.
howard industriesLa planta transformadora de Howard Industries
El mismo informe también mostró muchísima gente, principalmente afroamericanos, pero blancos, también, haciendo cola en las oficinas de contratación de Howard Industries. Un presentador dijo que ahora, en vez de inmigrantes ilegales, “americanos de los de verdad” estaban buscando trabajos. En entrevistas televisivas, algunos solicitantes se quejaban amargamente de que antes habían sido excluidos de trabajos en Howard a causa de una preferencia tácita por inmigrantes ilegales que trabajan por sueldos más bajos.

Pero muchos en Laurel cuestionan ese punto de vista.

“Que los ‘ilegales les están quitando trabajos a los trabajadores americanos’ no me suena convincente”, escribió Barrett, el editor del periódico, en un editorial. Puede ser verdad en un contexto teórico, pero hablando prácticamente, muchos de aquellos que dicen esto no están llenando las solicitudes de trabajo”.

Según varios líderes de la comunidad, Howard había estado anunciando trabajos de todos los niveles de pago por meses, no sólo en los periódicos locales sino también en una cartelera grande en la calle principal de Laurel, la Avenida 16, sin lograr nada que se aproximara a lo que describían como una respuesta después de la redada motivada por la publicidad.

En vez de imposibilitar la búsqueda de trabajos para los trabajadores locales, lo que los inmigrantes han hecho es quitar algo de la fluidez del mercado laboral y dificultarles a los trabajadores la salida y entrada a la fuerza laboral cuando quieran, o de cambiar trabajos y encontrar trabajos rápidamente, dice Mack, el alcalde.

“Eso sí molestó a la gente”, dice, pero descarta como especulación de palabrería que exista una brecha profunda dividiendo a las comunidades negra e hispana.

Aparte de una irritabilidad ocasional entre las razas, la redada del 25 de agosto desnudó lo que puede acabar siendo el legado más duradero de los recién llegados: la sorprendentemente fuerte red de relaciones que ha integrado a los inmigrantes profundamente dentro de la vida del pueblo, y lo ha empezado a cambiar.

Algunas señales de este tipo de integración son visibles: el Wal Mart local tiene refrescos mexicanos de marca Jarritos y frascos de salsa de mole. La gente local de toda la vida no duda en recomendar las cenas de La Casita, uno de entre media docena más o menos de restaurantes mexicanos, de los que ya hay más que lugares para comer barbacoa. Incluso hay un puesto de tacos en Sawmill Square, el centro comercial local.

Allá en la Tienda Las Américas, un cliente anglo-sajón entra todos los días para comprar una marca mexicana de chocolate que le ha llegado a gustar.

Antes de la redada, el complejo municipal de deportes albergaba una liga de futbol de 15 equipos compuesto predominadamente de inmigrantes, pero con la participación de algunos locales.

La entrada de inmigrantes, más que sólo estimular la renovación económica e inyectar nueva diversidad en Laurel, claramente ha revuelto el patrón viejo del pueblo de segregación residencial. En años recientes, la fuga blanca de Laurel al condado que lo rodea había convertido al Condado de Jones en una “dona” demográfica en palabras de Barrett, el redactor del periódico.

Los negros se concentraron en Laurel —dándoles una ligera mayoría— y los blancos compraron casas en las áreas antiguamente rurales del condado.

Los inmigrantes que llegaban, tantos como 10.000 según algunos, ocuparon el vacío que dejaron los blancos. En Laurel, algunos inmigrantes se mudaron al distrito histórico y sus calles arboladas alineadas por Queen Anne, casas de estilo artesanal y renacimiento colonial construidas por barones de la madera a principios del siglo 20, propietarios de molinos y empresarios del ferrocarril.
two women at LaurelAngelica Olmedo y Magdelena Mina
Los constructores locales, dándose cuenta de la oportunidad, también levantaron nuevas residencias de apartamentos para los recién llegados, como los expansionistas La Joya Apartaments, que los locales han llamado “Ciudad Hispana”, localizada cerca de la tradicionalmente negra zona sur de la ciudad. Una iglesia desaparecida cerca del centro de Laurel, abandonada por su antigua congregación blanca, se convirtió en la Iglesia Cristiana Peniel, con una membresía mayoritariamente inmigrante, pero que incluye también devotos blancos y negros, según el Pastor Roberto Velez.

Este año, Vélez celebró una boda entre una mujer inmigrante hispana y un Americano Nativo de la Reserva Choctaw en Sandersville, 11 millas al norte.

Los campamentos para caravanas que bordean las carreteras de acceso para entrar y salir de la ciudad empezaron a mezclar residentes de todas las razas.

No es sorprendente que, entre los residentes de muchos años del Condado de Jones, aquellos que quizás vivieron en contacto más estrecho con los recién llegados fueran sus caseros.

Harmon Sumrall, 65, hijo de aparceros blancos, es ahora un propietario que alquiló 10 casas de alquiler, incluyendo apartamentos y caravanas, a clientes inmigrantes, que dice que son los mejores inquilinos que nunca ha tenido.

Ahora, cinco de las unidades están vacías. Los inquilinos, incluso sin estar arrestados, recogieron y se fueron después por miedo, dejando sofás, pavos congelados, juguetes de niños, cajas de cereales, adornos de jardín e incluso lectores de DVD.

“Estaban asustadísimos”, dice Sumrall, mostrando a un periodista el interior de una caravana abandonada.

Ha perdonado la renta de un mes a cinco familias inmigrantes con la esperanza de que con un poco de ayuda puedan recuperarse de pie y quedarse.

“Odio decir “extranjeros”, no son extranjeros”, dice. “Son inmigrantes. Es decir todos somos inmigrantes, todo somos de algún lugar… Si se deshacen de todos los inmigrantes ilegales en el Condado de Jones, el Condado de Jones va a sufrir económicamente”.

La compasión de Sumrall no es sólo interés propio. Él y su esposa Frankie, 62, han creado unos lazos verdaderos con las familias inmigrantes. Les dieron cobijo en su casa durante el Huracán Katrina, que se llevó los tejados de sus caravanas, permitieron a los inquilinos que usaran su alberca, y compartieron cumpleaños y barbacoas.

Luego viene lo que los inmigrantes hicieron por ellos. El año pasado diagnosticaron a Sumarall un linfoma non-Hodgkin y Alzheimer en 1996. Los inquilinos e inquilinos antiguos ayudaron con trabajillos, perdonaron los lapsos de Sumrall, y le llevaban vasos de agua cuando lo veían en su podadora de césped a pleno sol.

“Sabían que estaba enfermo, y fueron leales, gente leal y buena”, dice Sumrall.

Bill Smith, 48, estaría de acuerdo. Hace un año, compró un motel y un campamento para caravanas cerca de la propiedad de Sumrall con el dinero que ganó como mayorista de tarjetas de teléfono para llamadas a larga distancia para inmigrantes.
bill smithBill Smith
En 2004, se casó con una mujer mexicana indocumentada. Ahora son padres de una criatura de dos años, Smith habla español con fluidez, y también ayuda a los inquilinos ofreciéndoles un mes libre de renta, dos si fuera necesario.

“Somos como una familia”, dice. “Llevo haciendo negocios con los hispanos 10 años y hago todo lo que puedo por ellos. Creo que al menos es justo, echarles una mano”.

No hay duda de que un buen número de personas en el Condado de Jones cree que Howard Industries y los trabajadores no autorizados han recibido lo que se merecen.

Pero lo que sorprendió a Jason Niblett, redactor del diario Laurel Leader-Call, fue que recibiera tan pocas cartas o llamadas celebrando la redada o denunciando la contratación ilegal de inmigrantes por parte de la compañía. La mayoría de las cartas de esa naturaleza vinieron de fuera de la ciudad.

Lo atribuye en parte a la popularidad de la familia Howard en Laurel, gracias a su caridad y al patrocinio de equipos deportivos locales y educación (el Director Ejecutivo Michael Howard declinó conceder una entrevista para este artículo). Pero Niblett también percibe una tendencia general entre todos los grupos a llevarse bien en esta ciudad de clase trabajadora, donde lleva viviendo desde 2001.

“Comparado con cuando vivía en San Antonio, creo que es mejor aquí” en términos de tolerancia hacia los hispanos y la falta de divisiones entre grupos, dice.

Los medios nacionales avivaron la idea de una división racial en Laurel cuando informaron de que trabajadores negros en Howard Industries habían aplaudido y alborotado durante la redada del ICE, cuando arrestaban a colegas hispanos y se los llevaban.

Empleados antiguos dicen que la planta transformadora no era de ningún modo una utopía multirracial de trabajadores, pero tampoco estaba irremediablemente polarizada en líneas reciales, o en cuanto a membresía a un sindicato. (Algunos informes de los medios especulaban que había tensión debido a la relativamente pequeña adhesión de los inmigrantes al sindicato entre una disputa con la dirección sobre los salarios y beneficios.)

“Vi a esas personas burlándose de nosotros”, dice Angélica Olmedo Paz, una inmigrante mexicana que fue arrestada en la redada. “Pero por todos los que aplaudieron, había gente que nos hizo saber que estaban con nosotros, que lloraron con nosotros, que no querían que nos fuéramos”.

Los trabajadores inmigrantes entrevistados dijeron que por lo que sabían no recibían menos paga o beneficios que los trabajadores ciudadanos de Estados Unidos. Olmedo, 32, dice que en parte los trabajadores inmigrantes tuvieron éxito en la planta debido a su voluntad para trabajar en trabajos que cambiaban de personal a menudo.

Su papel en la planta era el de reemplazar a trabajadores en la línea de producción que estaban ausentes o que se habían ido. No es sorprendente que a menudo se encontrara ella misma completando las tareas más desagradables, como bombear aceite lubricante en los transformadores, que una vez llenos, tenían que cubrirse y empujarlos hacia delante sobre rodillos de metal. El aceite a menudo se derramaba.

“A nadie le gustaba estar allí”, dice. “Era un trabajo sucio y pesado. Yo siempre estaba allí, supliendo a un afroamericano o angloamericano, que habían durado tres semanas, un mes como mucho. Se marchaban, y otra vez tenía que volver hasta que alguien nuevo venía”.

Cory Welch, 22, que es medio negro y medio filipino, abandonó su trabajo en Howard cuatro días antes de la redada y ahora trabaja en un almacén de calzado deportivo en el centro comercial local, donde un horario flexible le permite asistir a clases de contabilidad en la Universidad de Southern Mississippi. Dice que a muchos trabajadores negros les molestaban los inmigrantes, pero que a nivel individual, establecieron amistades con los recién llegados. “Algunas de ellas daban su cariño a esta o a aquella persona”, dice.

Olmedo, una madre soltera, estaba entre los 106 trabajadores detenidos, la mayoría mujeres, que fueron puestas en libertad con un dispositivo de brazalete en el tobillo, para que puedan cuidar de su hijos mientras esperan las fechas para comparecer en el juzgado.

Para ahorrar dinero, ya que no puede trabajar más, Olmedo se mudó con su hijo de 12 años a una caravana alquilada por una familia que no fue arrestada en la redada. Dos de sus amigas, en la misma situación, hicieron lo mismo, y ahora comparten una sola habitación.

Muestra a un visitante una tarjeta de felicitación (“Te extrañamos”, dice una línea) que le envió una ex-colega afroamericana, así como un sobre en el que al menos una docena de trabajadores, de las tres etnias, garabateó la cantidad con la que contribuían para una recolecta de dinero organizada en su beneficio.

Al enterarse de que estaría viviendo en la casa de una amiga, le dieron también un teléfono celular de regalo.

Las mujeres con brazaletes en los tobillos se dan cuenta de que la mayoría tendrá que abandonar el país, ya sea voluntariamente o vía deportación. Pero incluso con sus partidas y la de muchos amigos, dudan de que la redada en Howard Industries represente un capítulo final en la comunidad hispana del Condado de Jones.

Un buen número de inmigrantes se quedará, y también lo harán sus hijos, muchos nacidos en Estados Unidos, que ya están haciéndose camino en las escuelas cada vez más étnicamente diversas del Condado de Jones.

A principios de este año, en el certamen de ortografía del Distrito de la Escuela de Laurel, un estudiante negro ganó el primer premio, un estudiante hispano el segundo, y un estudiante blanco el tercero.




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