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CONTENT EXCHANGE: Madres migrantes: con el corazón dividido/Immigrant Mothers--Living With a Heart Divided

Posted: Sep 24, 2012

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The following article, pasted below in Spanish and English, is available for re-print. If you decide to use it, please let us know.

Madres migrantes: con el corazón dividido

New America Media/Enlace, News Report, Norma De la Vega

A cambio de un trabajo, las inmigrantes sin documentos que trabajan como niñeras han pagado una cuota emocional: vivir alejadas de sus hijos.

Mientras que en los medios de comunicación nacionales se debate si las mujeres pueden tenerlo todo, éxito laboral y familia, poco se conoce del dilema de otras.

Ellas son las inmigrantes sin documentos que trabajan como niñeras en los Estados Unidos y que a cambio de un trabajo han pagado una cuota emocional elevada: vivir físicamente alejadas de sus hijos.

Anne-Marie Slaughter, una exfuncionaria de alto rango en el gobierno de los Estados Unidos, analizó en la revista Atlantic del mes de agosto, los retos de las madres trabajadoras para balancear la vida laboral y familiar y tras argumentar que la sociedad no está estructurada para ayudar a la mujer en su doble rol, detalla las razones que la llevaron a renunciar a su trabajo para poner atención a sus dos adolescentes.

El sentimiento de culpa entre las madres trabajadoras es conocido pero poco se sabe del drama de las niñeras indocumentadas que cuidan y dan cariño a niños ajenos mientras que a sus propios hijos sólo pueden contactarlos por télefono porque viven en el país de origen.

He aquí la historia de tres madres inmigrantes: una mexicana que prometió a sus hijos volver pronto pero como no lo ha podido hacer vive atormentada por su promesa incumplida. Una salvadoreña que se esfuerza por regalar a sus niños cosas materiales porque no puede estar ahí con ellos, inculcándoles valores y aplaudiendo sus logros y finalmente una argentina quien tras catorce años de separación se reencontró con sus hijos.

“De nada ha valido mi cansancio”

A Gloria García 43 años, le gusta imaginar una realidad diferente y en sus ratitos de ocio la inmigrante indocumentada deja volar su mente para responderse ¿cómo sería su vida si no hubiera salido nunca del pueblo en donde vivía con su hijos?.

En el 2002, emigró a los Estados Unidos huyendo de la pobreza y un marido golpeador y dejando a sus tres hijos, Edgar de 11 de años, Montserrat, de 6 y Jimena de 4, bajo el cuidado de los abuelos en Michoacán.

‘Yo me vine para acá porque no tenía ni para darles de comer a mis hijos, no tenía ni dónde vivir porque ganaba muy poquito ” indica García.

Para la madre mexicana, la despedida de sus hijos fue uno de los momentos más duros de su vida pues no encontraba las palabras para infundir en sus hijos seguridad ante un futuro incierto, así que prometió que la separación sería solo temporal. Pero han transcurrido diez años y García no ha podido volver a su país a ver cómo cambiaron los rostros de sus hijos.

Una investigación de Pew Hispanic Center, Portaretrato de los Inmigrantes Indocumentados en los Estados Unidos, indica que en los Estados Unidos viven 4.1 millones de mujeres migrantes indocumentadas.

García es una de ellas, vive en Richmond, al este de la Bahía y trabaja como niñera en San Francisco ganando 400 dólares por semana. Un salario insuficiente para todas sus necesidades pues envía a sus hijos 800 dólares por mes y el resto de su salario se va en el alquiler del cuarto, comida y transportación. Su jornada laboral es casi de once horas diarias debido al tedioso recorrido de tres horas de ida y vuelta al trabajo en autobús.

“De nada ha servido mi cansancio”, dice García con un dejo de frustración, “Yo trabajo lo más que puedo. A donde me llaman voy y vengo de noche sin cenar, sin tomar agua, ni descansar, después de cuidar niños y limpiar por siete horas con el gran sol y sin comida”, indica la inmigrante.

Pero su agotamiento físico es poco ante su dolor emocional. La madre lamenta haberse alejado de sus hijos, pues su ausencia ha dejado cicatrices más duras de borrar que el hambre. “Mi hijo sufrió porque nunca pude presentarme en la escuela, me decía que sus amigos tenían a sus mamás y él no”, señala García.

Dijo que un día iba rumbo a su trabajo cuando escuchó el teléfono. Era Edgar, el hijo mayor quien le espetó en segundos su enojo. “Nunca te voy a perdonar, dijiste que te ibas sólo por unos años pero no has regresado”. García repite las palabras de su hijo que lleva clavadas en su mente. “En esos días me sentía como muerta, desorientada, frustrada y pensando ‘yo no valgo nada’”.

Desesperada, empezó a tomar pastillas para dormir proporcionadas por otras mujeres, pero cuando ya no pudo obtenerlas, buscó otro tipo de apoyo y la encontró en Mujeres Unidas y Activas, una organización no lucrativa, que da orientación en derechos laborales y tiene un grupo donde las inmigrantes hablan de sus vidas y se ayudan.

“Entre las trabajadores domésticas hay mucha depresión, muchas viven con zozobra, miedo y un permanente sentimiento de culpa. Es común que se enfermen del estómago y todo eso ocurre por la condición tan vulnerable en que viven”, indicó Juanita Flores, directora de programas en Mujeres Unidas.

García dijo que ella ha encontrado en la oración un alivio porque tiene fe en que algún día podrá encontrar la manera de regresar a México a ver a sus hijos.

Las niñeras son trabajadoras que han sido excluidas de los derechos laborales. Una investigación , intitulada Behind Closed Doors, realizada por Mujeres Unidas en año 2007 entre 240 domésticas, encontró que el 94 por ciento de las trabajadoras encuestadas eran latinas y la mayoría, 72 por ciento, eran inmigrantes que mantenían a sus familias en su país de origen. Veinte por ciento dijeron haber sufrido abusos físicos y verbales y un 9 por ciento acoso sexual.

La investigación no abundó en el estatus migratorio, pero se sabe que el trabajo de niñeras es realizado por un alto número de indocumentadas que no hablan inglés, no tienen acceso a licencia de conducir, desconocen la cultura y viven atemorizadas ante la eventualidad de ser arrestadas y deportadas.

Condiciones, que según especialistas, las pone en mayor riesgo de sufrir enfermedades mentales. “Vivir en una cultura diferente crea un motivo extra de tensión dado que los inmigrantes deben aprender un nuevo idioma y nuevas costumbres. Para pacientes que están viviendo al borde de un funcionamiento independiente, eso puede ser demasiado, y el resultado es depresión, ansiedad o psicosis”, señala el doctor Russell Lim, profesor de la Universidad de California en Davis y especialista en psiquiatría transcultural.

De acuerdo a la Coalición de Trabajadores del Hogar en California hay más de 200,000 trabajadoras domésticas y niñeras que no cuentan con los derechos laborales básicos de todo trabajador. Pero eso podría cambiar pronto, si una iniciativa de ley que ya fue aprobada por ambas cámaras es autorizada por el gobernador de California.

La propuesta de ley AB-889 - garantizará derechos básicos a las trabajdoras domésticas como tiempo para sus comidas, pago por horas extras y sueño ininterrumpido para aquellas que viven en casa de sus patrones.

“Si me deportan me harían un favor”

Emma Delgado, de 37 años, cuenta entre sus satisfacciones el tener un trabajo que le permite mantener a sus hijos y hasta darles algunos lujos como la fiesta juvenil de sus dos adolescentes que viven El Salvador.

“A Dios gracias se les celebró a las dos hijas sus XV años y mi Vanesa cuando me habló para darme las gracias hasta lloró de la emoción”, dijo Delgado. Pero el precio que tuvo que pagar la madre para poder pagar la fiesta de la Quinceañera fue ella no pudo estar ahí con sus hijas. “Sólo vi un video y sentí un nudo en la garganta y lloré. No es nada fácil estar separada de los hijos pero hay que tomar esa decisión para poder pagar también sus estudios”, indica la inmigrante.

En 2003 Delgado cruzó ilegalmente la frontera y llegó a San Francisco para encontrarse con su esposo desempleado. Ella era una ama de casa en Costa del Sol, su pueblo natal. Ahí criaba gallinas y dependía del dinero que enviaba su marido. Pero cuando el esposo perdió el empleo y las remesas ya no llegaron, ella salió al rescate de la economía familiar.

Dijo que sus hijos eran muy pequeños cuando se despidió: Fernando tenía 10 años de edad, Vanesa 8 y Chaterine 7. “Me siento más mal (?peor?) cuando veo los videos en donde mi hija salió de dama de honor, de candidata o de porrista en su escuela, cuando veo eso, pienso todo lo que me he perdido”, dice Delgado.

Delgado trabaja en el cuidado infantil y en el aseo de casas. Gana un promedio de 15 dólares por hora y envía a sus hijos 600 dólares al mes. Es parte del grupo de Mujeres Unidas y Activas y en tiempo libre se dedica a apoyar a la organización, reparte volantes sobre derechos laborales a otras mujeres. Un día le tocó viajar a Nueva York como parte de su activismo y la inmigrante sin documentos lo hizo desafiando a las autoridades de migración. “A mí si me deportan de verdad que me harían un favor porque ahí sí ¡a ley que me voy!", dice riendo la inmigrante.

El doctor William Vega experto en salud mental enfermedades de los latinos de la Universidad del Sur de California indica que históricamente los inmigrantes han podido ajustarse y prosperar a pesar de sus díficiles condiciones de vida.

Sin embargo, agrega que las condiciones de los indocumentados han empeorado porque ya no pueden visitar a sus familias en su país de origen. La misma ley que hizo más duro el cruce ilegal en la frontera México-Estados Unidos también hizo imposible que los indocumentados puedan salir a visitar a sus familias. “Ellos se están negando la satisfacción de ver a la familia y eso ya no es una vida completa”, dijo Vega.

Indicó que mantener la unidad familiar a distancia es un reto porque son muchas millas y muchos años lejos. “No importa cuanto dinero manden a los hijos. Al final les será muy duro hacer la conexión porque las personas van cambiado ”, indicó Vega.

“Es como volver a empezar”

Fernanda Areal, de 51 años, regresó a su natal Argentina tras vivir catorce años separada de sus hijos, tiempo en que sus tres hijos estuvieron bajo el cuidado de la abuela.

La maestra argentina, quien renunció a su carrera profesional para trabajar como niñera en San Diego y Los Ángeles, aceptó hablar – vía telefónica– de su reciente reencuentro con sus tres hijos.

¿Qué gano y qué perdió?

“Valió la pena porque mis hijos ahora que ya están maduros, son unos jóvenes que ya han hecho sus vidas independientes y están muy agradecidos. Pero se perdió la expresión corporal, mis hijos no son de venir a darme besos y abrazos y a veces estos son tan necesarios”, indica Areal.

En 1998 renunció a su trabajo como maestra de primaria en Buenos Aires, pues el salario que ganaba, 450 dólares al mes, no era suficiente para sostener a sus hijos Agustín, de 15 años; Fernando, de 13 y Guillermo, de 12.

Ese mismo año voló, ayudada por su visa de turista, de Buenos Aires a Los Ángeles en donde empezó a trabajar en la limpieza de baños públicos y niñera.

En 2005 fue contratada, en Chula Vista, en el condado de San Diego, para cuidar a un bebé de 40 días y sus hermanitos de 4 y 6 años. Durante cuatro años hizo todo tipo de tareas: cuidó niños, cocinó, limpió, atendió tareas y necesidades afectivas . “Me sentía bien pensaba que daba a otros niños el cuidado y afecto que no podía darle a los míos”, dice Areal.

Su patrona era una prominente empresaria latina quien pasaba mucho tiempo fuera de casa y las jornadas de la niñera se extendían más de ocho horas. Peor aún, los hermanos de la patrona empezaron a llevar a sus hijos para que la niñera los cuidara pero sin pagar por el servicio. Areal renunció y encontró un nuevo trabajo como niñera.

Cuando vivía en San Diego, Areal hablaba diario por teléfono con sus hijos en Argentina, pero ahora que está físicamente allá ha podido intimidar con ellos. “Hace poco, platicando con mi hijo me dijo, ‘De que sirve usar un par de Nikes si nunca te pude contar cuando le di el primer beso a una chica”, dijo Areal.

Tras evaluar lo bueno y malo de su decisión de emigrar, Areal dijo estar convencida que los padres deben estar con sus hijos. ¿Fue una mala decisión emigrar a los Estados Unidos? “Hoy me doy cuenta que si tuviera que hacerlo por necesidad lo volvería hacer, pero si me hubieran mostrado como en una película todas la perdidas que iba a tener, sinceramente, no lo haría”, concluye Areal.

Este artículo fue hecho posible gracias a una subvención de Atlantic Philanthropies y fue producido como parte de una beca de investigación sobre las mujeres inmigrantes, un programa de New America Media.

Se publicó en el semanario Enlace y en vidalatinasd.com.

Immigrant Mothers--Living With a Heart Divided

New America Media/Enlace, News Feature, Norma De la Vega, Translated by Elena Shore

As women debate whether they can “have it all,” some have chosen to provide for their families at all costs, even if it means leaving their kids.

As national media debate whether women can “have it all” – a successful career and a family – one group of women has chosen to provide for their families at all costs, even if it means leaving their kids behind.

They are the undocumented immigrants who work as nannies in the United States and who, in exchange for work, have paid a high emotional cost: living apart from their own children.

Many working mothers may be familiar with feelings of guilt. But little is known about the drama faced by undocumented nannies in this country -- mothers who love and care for other people’s children, while their own children are only able to reach them by phone because they are living back in their home country.

This is the story of three immigrant mothers: A Mexican woman who promised her kids she would come home soon but, because she hasn’t been able to, lives tormented by her broken promise. A Salvadoran woman who strives to give her kids material things because she can’t be there with them, instilling in them values and praising their accomplishments. And an Argentine woman who, after 14 years of separation, reunited with her children.

“My tiredness has been for nothing”

Gloria García, 43, likes to imagine a different reality. In the little time she has to herself, the undocumented immigrant wonders how her life would have been different if she had never left the town where she lived with her children.

In 2002, she migrated to the United States, fleeing a life of poverty and an abusive husband – and leaving her three kids, 11-year-old Edgar, 6-year-old Montserrat, and 4-year-old Jimena, in the care of their grandparents in the Mexican state of Michoacán.

“I came here because I didn’t have enough to feed my kids. I had nowhere to live because I was making so little money,” said García.

For this Mexican mother, saying goodbye to her children was one of the hardest moments of her life. She couldn’t find the right words to give her kids a sense of security in the face of an uncertain future. So she promised them that the separation would only be temporary. But 10 years have passed since then and García hasn’t been able to return to her country to see how her children’s faces have changed.

García is one of the 4.1 million undocumented immigrant women who are living in the United States, according to the study by Pew Hispanic Center, A Portrait of Unauthorized Immigrants in the United States.

She lives in Richmond, in the East Bay, and works as a nanny in San Francisco, where she makes $400 a week. It isn’t enough to meet all her needs; she sends $800 a month to her kids back home, and the rest of her salary goes to rent, food and transportation. Her workday lasts nearly 11 hours due to the tedious three-hour roundtrip commute she makes by bus.

“My tiredness has been for nothing,” says García with a hint of frustration. “I work as much as I can. When they call me I go, and I come back at night without eating dinner, without drinking water, or resting, after caring for kids and cleaning for seven hours in the hot sun without any food,” says the immigrant.

But her physical exhaustion is nothing compared to her emotional pain. The mother regrets moving away from her children; her absence has left scars that are harder to erase than hunger. “My son suffered because I could never go to his school; he told me his friends had their moms [there] and he didn’t,” García says.

One day she was on her way to work when she heard her phone ring. It was Edgar, her oldest son, lashing out at her in anger. “I’ll never forgive you,” he told her. “You said you were only going for a few years but you haven’t come back.”

García repeats her son’s words that continue to haunt her. “In those days I felt like I was dead, disoriented, frustrated and thinking, ‘I’m not worth anything.’”

In desperation, she started taking sleeping pills she got from other women. When she couldn’t get them anymore, she started looking for another kind of help. She eventually found help at Mujeres Unidas y Activas, a non-profit organization that provides counseling for women about labor rights and offers a meeting group for immigrant women to talk about their lives.

“There’s a lot of depression among domestic workers. A lot of them live with anxiety, fear and a permanent feeling of guilt. It’s common for them to get sick to the stomach. And all of that happens because of the very vulnerable condition they’re living in,” said Juanita Flores, program director of Mujeres Unidas.

García has found relief in prayer, she says, because she has faith that one day she will find a way to return to Mexico to see her children.

Nannies form a sector of workers that has been largely excluded from workers’ rights laws. A 2007 study entitled Behind Closed Doors, conducted by Mujeres Unidas among 240 household workers, found that 94 percent of workers interviewed were Latina, and the majority, 72 percent, were immigrants who sent money back to their families in their home countries. Twenty percent said they had experienced physical and verbal abuse and 9 percent said they had experienced sexual harassment.

Although the study did not ask respondents for their immigration status, many domestic workers are undocumented immigrants. Many of them don’t speak much English, don’t have a driver’s license, aren’t familiar with the culture and live in fear of being arrested and deported.

Conditions, which according to experts, put them at greater risk for mental illness. “Living in a different culture creates extra strain on immigrants, as they have to learn a new language and new customs. For patients living on the edge of independent functioning, it can be too much, resulting in depression, anxiety, or psychosis,” said Dr. Russell Lim, professor at the University of California at Davis and a specialist in transcultural psychiatry.

According to the California Domestic Workers Coalition, there are more than 200,000 domestic workers and nannies who lack the basic labor rights of all workers. But that could soon change if a California bill that already passed both houses of Congress is signed by Gov. Jerry Brown.

The bill, AB-889, will ensure that domestic workers have basic rights such as time for meals, overtime pay and uninterrupted sleep for those who live in the same house as their employers.

“If they deported me, they’d be doing me a favor”

Emma Delgado, 37, is happy to have a job that allows her to provide for her children and even give them some luxuries like 15th birthday parties for her two teenaged daughters living in El Salvador.

“Thank God both of my daughters celebrated their Quinceañeras and my Vanesa, when she called me to thank me, even cried with excitement,” said Delgado.

But the price she had to pay to be able to give her daughter a Quinceañera party was that she could not be there to see it.

“I just watched a video and I felt a lump in my throat and cried. It’s not easy to be separated from your children, but you have to make that decision to be able to pay for their education,” she said.

In 2003, Delgado crossed the border illegally and came to San Francisco to join her husband, who was unemployed. In Costa del Sol, her hometown in El Salvador, she had been a housewife. She raised chickens and relied on the money her husband sent her. But when her husband lost his job and the remittances stopped coming, she came to the rescue of her family’s finances.

She said her children were very young when she left. Fernando was 10 years old, Vanesa 8 and Chaterine 7. “I feel worse when I see the videos of my daughter as a maid of honor, a student council candidate or a cheerleader at school. When I see that, I think of everything I’ve lost,” says Delgado.

Delgado works in childcare and as a housekeeper. She makes an average of $15 an hour and sends her kids $600 each month. She is a member of Mujeres Unidas y Activas and in her spare time she volunteers for the organization, handing out flyers on workers’ rights to other women. One day she was asked to go to New York as part of her activism and the undocumented immigrant made the trip, defying immigration authorities.

“If they deported me, they’d really be doing me a favor because then I’d just have to go!” she laughs.

Dr. William Vega, an expert in Latino mental health at the University of Southern California, says that historically immigrants have been able to adapt and thrive despite their difficult living conditions.

But he says conditions for undocumented immigrants have gotten worse because they can no longer visit their families in their home countries. The same law that made it harder to cross the border illegally into the United States also made it impossible for undocumented immigrants in the United States to visit their families back home. “They are being denied the joy of seeing family and that is not a full life,” said Vega.

He said that keeping families together long-distance is a challenge because they are many miles and many years apart. “It doesn’t matter how much money they send their kids. In the end, it’s going to be really hard to make the connection because people keep changing,” Vega said.

“It’s like starting over”

Fernanda Areal, 51, returned to her native Argentina after living apart from her kids for 14 years. During that time, her three kids were raised by their grandmother.

The Argentine teacher, who gave up her professional career to work as a nanny in San Diego and Los Angeles, spoke by telephone about her recent reunion with her three kids.

What did you gain and what did you lose?

“It was worth it because now my kids are grown up, they are young people who already have their independent lives and they are very grateful. But we lost our way of physically expressing ourselves: My kids don't come give me kisses and hugs and sometimes that’s really needed,” says Areal

In 1998 she quit her job as an elementary school teacher in Buenos Aires because her salary of $450 a month wasn’t enough to support her kids, 15-year-old Agustín, 13-year-old Fernando and 12-year-old Guillermo.

That year she flew with a tourist visa from Buenos Aires to Los Angeles, where she started working in childcare and cleaning public restrooms.

In 2005, she was hired by a family in Chula Vista, in San Diego County, to take care of their 40-day-old baby and his 4-year-old and 6-year-old siblings. For four years she did all kinds of work for them: she took care of the kids, cooked, cleaned, helped them with their homework and fulfilled their emotional needs. “It felt good knowing I was giving other children the care and love that I couldn’t give my own kids,” she says.

Her boss was a prominent Latina businesswoman who spent a lot of time away from home and Areal’s workdays stretched beyond eight hours. Despite this, her boss’s brothers started bringing their kids over for the nanny to take care of, without paying her extra for the job. Areal quit and found a new job as a nanny.

While she lived in San Diego, Areal talked to her kids in Argentina on the phone every day. But now that they are together, she has time to bond with them.

“Recently I was talking with my son and he said, ‘What good is a pair of Nikes if I could never tell you about the first time I kissed a girl?” said Areal.

After evaluating the pros and cons of her decision to emigrate, Areal said she is convinced that parents should be with their kids.

So was it a bad decision to move to the United States?

“Today I realize that if I had to do it out of necessity I would do it all over again, but if I could have seen, like in a movie, all the things I would have lost, honestly I wouldn’t do it,” Areal concluded.

This article was made possible by a grant from Atlantic Philanthropies and was produced as part of New America Media’s Women Immigrants Fellowship Program.

It appeared in Enlace and online at vidalatinasd.com.

 

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