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Vidas jóvenes, víctimas de redadas de inmigración

New America Media, Reportaje, Marcelo Ballvé Posted: Jul 11, 2008

Nota del Editor: A raíz de las redadas de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) el mundo se ha puesto al revés para cientos de jóvenes de Postville, quienes antes llevaban una vida normal - asistiendo a la iglesia y la escuela, practicando deportes y formando bandas musicales de garaje.

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POSTVILLE, Iowa - Jairo Chuy Meléndrez, de 13 años de edad, estaba tocando el tambor. Su hermano Aldo, de 11 años, tocaba el bajo. Sus amigos de 14 años, Jonter Gómez y Mainor Ordóñez tocaban la guitarra de 12 cuerdas y el acordeón, respectivamente.

Estos podrían haber sido los típicos jóvenes estadounidenses que comenzaban su primer grupo musical de garaje. Salvo que en este caso estaban tocando música cristiana en español como el Grupo Sin Fronteras. Tocaban una vez por semana en los servicios evangélicos, a los cuales asistían principalmente inmigrantes de Guatemala y que se celebraban en un lugar prestado en esta pequeña ciudad de Iowa.

Los chicos eran lo suficientemente talentosos, así que con la ayuda del líder de la banda y vocalista de 28 años de edad Gabriel de León produjeron de cuenta propia un CD el año pasado denominado "Derribando Fronteras" o "Tearing Down Borders."

El 12 de mayo, todo esto cambió. Una redada de inmigración condujo a la detención no sólo de De León, el líder de la banda, sino también del pastor de la iglesia, Eddy Santos y de las madres de los muchachos. Dos meses después de la redada, De León ha sido deportado a México, Santos está en prisión y las madres de los chicos aún llevan un grillete en el tobillo para poder ser monitoreadas por Inmigración y Aduanas (ICE), mientras esperan las fechas de los tribunales para los cargos de inmigración.

Sonia Meléndrez, de 28 años, la madre de Jairo y Aldo, espera ser deportada a Guatemala una vez que vaya a los tribunales y está tratando de averiguar cómo enviar a sus hijos de vuelta a casa primero que ella.

"Mis chicos tendrán que dejar atrás su sueño", dice. "Eso es lo que más me llena de dolor."

La historia del Grupo Sin Fronteras es un ejemplo de entre muchas jóvenes vidas que se descarrilaron a raíz de la incursión en Postville, en la que decenas de agentes armados, con apoyo de helicópteros, detuvo a casi 400 trabajadores indocumentados en la planta local empacadora de carne Agriprocessors.

"Estoy realmente triste por esto. Pienso en Gabriel (el líder del grupo musical) y me siento realmente extraño" con que se haya ido, dice Jairo, un adolescente delgado, tumbado en un sofá de su casa, viendo televisión con sus tres hermanos. "Sé que probablemente nunca volveré a tocar música con él."

En el diminuto Postville, el mundo se ha puesto patas arriba para cientos de niños y adolescentes que una vez llevaban una vida relativamente normal – asistían a la iglesia y a la escuela, hablaban dos idiomas y practicaban deportes.

El cambio llegó de repente, en el curso de un solo día.

Muchos en Postville recuerdan cómo los maestros iban de aula en aula en la escuela local el día de la redada, separando a los hijos de aquellos que habían sido detenidos para que pudieran ser llevados a la Iglesia Católica St. Bridget's. La iglesia se convirtió en el lugar de reunión para decenas de temerosas familias de inmigrantes una vez que se difundió la noticia. Allí fue donde se escondieron con miedo de ser detenidos, y donde esperaron ansiosamente noticias de los destinos de sus familiares. Fue allí también que algunas de las aproximadamente 40 mujeres puestas en libertad por razones humanitarias – con dispositivos de vigilancia en grilletes de tobillo – tuvieron reencuentros llenos de lágrimas con sus hijos.

Más de otros 300 trabajadores, incluyendo a muchas madres y padres, no serían vistos de nuevo en Postville.

"No sé si podamos comprender realmente cómo esto ha afectado a los niños", dice la Hermana Mary McCauley de la Iglesia St. Bridget's. "Me estoy preguntando cuál es el efecto a largo plazo que va a tener esto. Realmente ha destrozado la vida familiar."

"Una y mil veces es mi culpa"

Algunos jóvenes no pierden a sus padres sino sus trabajos. Por lo menos 17 trabajadores menores de edad, en edades de 14 a 17 años, fueron detenidos el día de la redada, según la abogada Sonia Parras Konrad.

Tres de ellos están actualmente bajo custodia de la Oficina de Reubicación de Refugiados de los EE.UU. - en Chicago, San Diego y la ciudad de Nueva York - porque los niños afirmaron que se encontraban en el país como menores no acompañados.

Parras dice que en dos de estos casos esto no es cierto: los niños mintieron simplemente por temor de poner a sus padres en peligro. Ella está trabajando ahora para ponerlos en libertad.

Otro menor de edad ya ha sido deportado a Guatemala.

Parras también representa a 11 trabajadores indocumentados menores de edad en un esfuerzo voluntario para obtener visas clase "U", que se dan a las víctimas de violencia o abuso y que permitirían a los adolescentes permanecer en el país.

"Estos niños, estos menores, están asustados, no saben lo que está pasando", dice. "Trabajaron duro para hacer lo correcto por sus familias, para ayudar a darles apoyo. Ahora que se han visto atrapados en esta telaraña de la aplicación de la ley, de funcionarios con uniformes y armas de fuego, imagine lo aterrador que es el escenario para un adolescente."

El ICE ha sido cooperador y eficaz en el tratamiento de los casos de los menores", señala. Los menores no llevan grilletes de tobillo, pero, intermitentemente, sólo están obligados a reportarse a las autoridades de inmigración en Cedar Rapids, Iowa, con el fin de demostrar que todavía están físicamente en el país. El régimen de supervisión liberal no significa que sea fácil para ellos, sin embargo.

"Usted no creería la situación de pánico que hubo cuando se enteraron que tenían que reportarse", dice Parras. "Ellos pensaron que iban a ser enviados de vuelta a casa a sus países, si es que esa palabra "casa" tiene ahora algún significado para ellos, porque algunos de ellos realmente no tienen un hogar," en su país de origen.

Ese es el caso de Luis Nava González, de 17 años, un fornido adolescente con el pelo negro trasquilado y una actitud brusca que fue traído a los Estados Unidos desde México a la edad de tres años. Trabajó en la planta empacadora de carne Agriprocessors con el fin de apoyar a su madre viuda y a sus dos hermanos menores. Junto con otros trabajadores menores de edad, operaba una especie de motosierra utilizada para desmembrar las vacas.

Su madre, Consuelo González, una exempleada de Agriprocessors también, sufrió un accidente laboral - cayó por las escaleras y ya no es capaz de hacer trabajos pesados. Ha complementado el ingreso de su hijo con el trabajo de niñera y en guarderías.

Ahora ella no sabe cómo se va a financiar sin él como principal sostén de la familia. Y él se enfrenta a la deportación a un país donde no tiene experiencia real ni nadie que le cuide aparte de tías y tíos lejanos.

"Yo le abrazo en la noche y le hablo como lo hacen en las telenovelas", dice Consuelo. "Digo, 'No te vayas, mi bombón de chocolate'. Él se hace el fuerte, pero está muy nervioso todo el tiempo. Él la está pasando muy mal. Me pregunta, '¿Qué voy a hacer en México?’ "

Una tarde, Luis abre hasta la mitad la puerta de su apartamento para preguntar a su madre si puede ir con unos amigos a Wal-Mart en Decorah, un pueblo a media hora de distancia. Ella le mira temerosa y le hace prometer solemnemente que no va a manejar el auto.

"Nada de esto es su culpa", dice ella después de que se va. "Es culpa mía. Es mil veces mi culpa por haberlo traído aquí."

A pocas cuadras, por Main Street, Abner López, de 17 años, vive con su padre Cleotildo, de 40 años, que es uno de los pocos hombres puestos en libertad con un dispositivo de grillete en el tobillo. Abner también trabajó en la planta empacadora de carne, y cuando se le pregunta acerca de las condiciones de trabajo, simplemente sonríe y dice: "Muy frías", y recoge sus manos como garras para mostrar cómo sus dedos se ponen tiesos en el transcurso de un día de trabajo.

El día de la redada, dice Cleotildo, abrazó a su hijo una vez que lo encontró fuera de la planta en que los detenidos estaban siendo procesados. Le dijo a Abner que se pusiera en las manos de Dios, "porque no hay nada más que podamos hacer ahora."

De acuerdo con la ley federal del trabajo, los niños menores de 18 años tienen prohibido "operar las máquinas de motor para el procesamiento de carne y el sacrificio, empacado, transformación y proceso de carne". Se alegó que los niños participaban en muchas de estas actividades en Agriprocessors.

"Tenemos casos de niños... que estaban utilizando motosierras para abrir vacas. Eso es muy peligroso", dice Parras. "Muchos de ellos estaban usando cuchillos". Ella también alega que existe una práctica concertada en Agriprocessors de contratación de trabajadores menores de edad con el fin de llenar una incesante necesidad de mano de obra. Algunos de los detenidos han alegado que Agriprocessors, a sabiendas, pasa por alto la edad de los trabajadores.

Juda Engelmayer, vicepresidente Senior para 5WPR, una empresa de RRPP con sede en Nueva York que trabaja con la empacadora, niega que Agriprocessors tuviera una política de contratación de menores trabajadores o que la empresa lo hizo a sabiendas.

Teniendo en cuenta que muchos de los trabajadores fueron detenidos por cargos de robo de identidad, dice, "Es posible que algunas personas menores de edad tomaran la identidad de las personas mayores de edad". Engelmayer añade que Agriprocessors despediría a cualquier empleado que quisiera mentir acerca de ser mayor de 18 años.

"Yo no tengo nada en México"

Aunque la intención del ICE fue tener un gesto humanitario cuando permitió a algunos padres regresar a sus hogares con sus hijos, los detenidos liberados son obstaculizados por la vergüenza del dispositivo de vigilancia - por no hablar de que no pueden mantener a sus hijos mientras esperan las fechas de los juicios. En total, unos 70 niños viven ahora en Postville con padres que llevan grilletes en el tobillo.

Dado que los padres no pueden trabajar legalmente, y que aún no pueden marcharse, deben apoyarse en la sobrecargada despensa de alimentos y las beneficencias religiosas de Postville para ayudarles a pagar los inflados alquileres del pueblo manufacturero: hasta $800 por un apartamento en una ciudad de 2,000 personas en el remoto noreste de Iowa.

"Me siento como si sería lo mismo estar en la cárcel", dice Anacleta Taj Taj López, de 24 años, madre de un chico regordete y alborotado de siete años de edad. Su esposo y tres hermanos también fueron detenidos en las redadas. Ella consuela a su hijo diciéndole que su padre ya está de vuelta en casa en Guatemala - aunque realmente se encuentra en prisión. "Dice que quiere estar de vuelta en Guatemala con su padre", dice.
Sonia Melendrez y su hijo Romi, 4 años de edad
La angustia puede verse más claramente en los padres, pero son los niños los que probablemente absorben la ansiedad y el temor más profundamente.

María Guadalupe López, de 42 años, dice que su hija se aferra a ella varias veces a lo largo del día, preguntando si se van a llevar a su madre de nuevo.

"No me puedo imaginar el dolor de estos niños, la pérdida que han sentido", dice David Vázquez, el pastor universitario en el Luther College en Decorah, y uno de los que han participado en el esfuerzo ecuménico de socorro. Él recuerda una niña que no mucho después de las redadas señaló a un avión y preguntó si se iba a llevar a su familia.

Los niños se enfrentan a otro cambio importante: el darse cuenta de que tendrán que dejar la única escuela que han conocido. Sonia Meléndrez, de 28 años, la madre de los músicos tenía un nudo en la garganta cuando el funcionario de inscripción de la escuela llegó a su puerta recientemente y ella le tuvo que decir que no había necesidad de inscribir a sus hijos este año.

Quendi Alejandra García, de 22 años, ha estado en los Estados Unidos durante nueve años y sus dos hijas nacieron aquí. Ella ora para que se le permita permanecer cuando le llegue la fecha del juicio el 14 de Octubre, a fin de que pueda dejar a su hija de dos años de edad, Edith, y a Gabriela, de seis años de edad, en su escuela, y no tener que empezar de cero en México. "No tengo una casa allí, no tengo ahorros, no tengo nada", dice. Cuando vea al juez, dice, va “a pedirle que me permita permanecer aquí, en el país de mis hijas, para que puedan estudiar, y así poder ser alguien, y nunca tener que sufrir lo que he sufrido."

"¿Qué más?"

Dos hermanos se quedaron sin sus esposas luego de la redada.

Las mujeres, por temor a que sus hijos y maridos fueran aprehendidos si admitían tenerlos, mintieron a los agentes de inmigración después de la redada y les dijeron que sus maridos y niños estaban en México. Así que en lugar de ser puestos en libertad con grilletes de tobillo para que cuidaran de sus hijos, fueron llevados a la cárcel.

Sus maridos se quedaron al cuidado de siete hijos entre los dos.

El padre de cinco hijos no quiere ser identificado o responder a las preguntas por temor a ser detenido y deportado, pero una visita a su casa dio una indicación clara de la pesada carga del cuidado del hogar y la crianza de los niños pesando sobre él. Los cinco niños, mal vestidos , estaban parados alrededor suyo de forma desganada mientras su padre estaba hundido junto a la mesa de la cocina, evidentemente agotado.

Dos gemelas de 11 años eran su única ayuda con las tareas domésticas y el cuidado de los niños. Un pequeño que empezaba a andar se sentó en una silla alta, aunque no le estaban dando de comer.

Las moscas zumbaban en torno a una bombilla desnuda encima de la mesa de la cocina.

Cuando se le preguntó si podía manejar todo bien, el padre se encogió de hombros diciendo: "¿Qué más?"


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