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Después de la redada en Iowa, familias viven en el limbo

New America Media, Reportaje, Video, Marcelo Ballvé Posted: Jun 21, 2008

Nota del redactor: Un mes después de la mayor redada de inmigración en un solo lugar de trabajo en la historia de los EE.UU., las familias de Postville todavía viven con el miedo de que regresen los agentes de inmigración.

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POSTVILLE, Iowa – Matan el tiempo detrás de persianas cerradas viendo novelas en español por TV. Aunque saben que es algo irracional, muchos de ellos todavía viven con el miedo de que regresen los agentes de inmigración, entrando a sus casas con armas en la mano, gritándoles obscenidades, llamándoles perros y sacándolos a rastras en medio de gritos y lágrimas.

Eso fue lo que pasó el 12 de mayo, cuando la mayor redada de inmigración en un solo lugar de trabajo en la historia de los EE.UU. se tragó a este pequeño pueblo de Iowa. El ataque iba dirigido a cientos de trabajadores indocumentados en la planta empacadora de carnes tipo kosher Agriprocessors Inc., que domina la economía local. Más de un tercio de la mano de obra de la planta fue detenida ese mismo día: 389 inmigrantes, casi todos ellos hombres y mujeres de México y Guatemala.

Iowa plantLa planta Agriprocessors

Muchos de los trabajadores habían trabajado arduamente en la helada planta durante años - desmembrando, sacando vísceras y cortando restos de reses, pollos y pavos en la línea de producción.

Trabajaban seis días a la semana, ganando 8 dólares por hora, y con frecuencia se quedaban turnos de 13 horas en la enorme planta en un extremo de la ciudad. En invierno, los trabajadores que llegaban al turno de las 4 a.m. debían pasar pesadamente por la nieve que llegaba a las rodillas en las horas previas al amanecer antes de las rondas de las recogedoras de nieve municipales. A pesar de la monotonía de sus vidas, estaban agradecidos por el trabajo. Les permitía ahorrar un poco, enviar dinero a sus familias en las zonas rurales de México y Guatemala y vivir en una tranquila pequeña ciudad de Iowa, que incluso tenía un programa bilingüe en la escuela local.

La mañana de la redada todo eso llegó a su fin.

Cleotildo López, de 40 años de edad, se dirigía a su pausa de media hora para el almuerzo, a las 10 a.m., cuando comenzó la redada.

"Detuvieron la línea y dijeron que era hora del almuerzo, pero en lugar de almuerzo lo que tuvimos fue un gran miedo", dice. Los agentes de inmigración comenzaron a "entrar rápidamente al interior, gritando - sonaba muy feo, como un ataque o un secuestro".

Los trabajadores iban y venían, caían y tropezaban en su pánico por esconderse de los agentes armados con chalecos negros. Los trabajadores se escondían en los armarios de carne, en los congeladores, en los baños o debajo de los montones de cajas de cartón. Un trabajador se escondió bajo un montón de plumas de pollo, otro en una tina de sangre y tripas.

Poco pasó para que cientos de trabajadores detenidos estuvieran reunidos en filas ordenadas, los hombres separados de las mujeres, fuera de la planta.

La mayoría eran trasladados en buses el mismo día, después de tomárseles las huellas dactilares, las fotografías y ponérseles las esposas. Unas semanas más tarde, 270 de ellos fueron condenados - la mayoría por cargos de uso de documentos falsos - en improvisadas salas de audiencias en el recinto ferial del Congreso Nacional de Ganado en Waterloo, Iowa.

Sin embargo, algunos de los detenidos - entre ellos 21 trabajadores que eran menores de edad - fueron puestos en libertad condicional el día de las redadas. Cuarenta y tres inmigrantes, en su mayoría mujeres, pero también algunos hombres, fueron enviados a casa para que pudieran cuidar a sus hijos mientras esperaban las fechas de los tribunales y la posible deportación.

Todos los días, se sientan en las casas y apartamentos de Postville, en medio de los escombros de su antigua vida, rememorando la traumática redada en sus mentes. Con demasiado tiempo libre en sus manos, se preocupan, se desesperan - y tienen miedo.

Veronica CumezVeronica Cumez

"Por la noche no puedo dormir, porque tengo miedo que alguien entre y me lleve", dice Verónica Cumez, de 32 años, que vive con su hija de 14 años de edad, en una calle de casas ordenadas y césped arreglado justo al este de la calle Main. "Quizás son nervios", dice, "pero creo que van a venir de nuevo".

Cada uno de los trabajadores liberados lleva un brazalete electrónico en el tobillo con un dispositivo GPS, a fin de que los agentes de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) puedan controlar sus movimientos. No se les permite salir de Iowa hasta que los tribunales de los EE.UU. decidan qué hacer con ellos. Tienen que cargar el brazalete todos los días y no pueden desactivarlo en absoluto, ni siquiera para bañarse.

El ICE le dijo a los hombres y mujeres puestos en libertad que iban a recibir cartas con una fecha para la audiencia entre dos y tres semanas después de las redadas, pero cinco semanas más tarde, "que yo sepa sólo tres personas han recibido sus cartas", dice Luz María Ramírez, portavoz para los esfuerzos de ayuda de la Iglesia Católica St. Bridget. "Estas mujeres están desesperadas", dice ella y la demora prolonga su incertidumbre y su agonía.

Los abogados están tratando de trabajar con el ICE y los tribunales para acelerar el proceso mediante el cual los ex trabajadores serán deportados o quizás, en algunos casos, ser autorizados a permanecer en el país.

Los hombres y las mujeres con brazaletes en el tobillo están agradecidos de que son capaces de estar con sus hijos, pero se encuentran en una situación cada vez más insoportable. Están en un limbo - no pueden trabajar, pero tampoco pueden regresar aún a México o Guatemala. No saben quién va a pagar su alquiler y sus facturas durante estos meses si termina la caridad de la iglesia católica y de otras iglesias.

Sus vidas están en suspenso y los seres queridos se han ido. Cientos de maridos, hermanos, tíos y amigos están en las cárceles de todo el Medio Oeste. Decenas de otros inmigrantes no capturados en la redada huyeron de Postville y del noreste de Iowa en los siguientes días y semanas en caravanas organizadas a toda prisa hacia otros estados o para el aeropuerto de Chicago.

Las vidas de los hombres y mujeres liberados se sienten como purgatorios, vacías de gente y de significado, llenas de espera y de ansiedad.

Incluso al mediodía, Cumez no permite que los visitantes levanten las persianas de su ventana. Dice que sólo ha logrado hacer un viaje fuera de la ciudad desde el día de las redadas - a una tienda mayorista a media hora de distancia. En parte, no le gusta salir porque se siente avergonzada y estigmatizada por la pulsera en el tobillo. Algunas personas incluso se han burlado de ella, dice, comparándola con la banda que algunos aldeanos guatemaltecos le ponen a los pollos alrededor de las patas, para mantenerlos controlados.

Su única actividad es un viaje diario a St. Bridget, el centro neurálgico de las actividades de socorro. Aparcados en su estacionamiento hay dos camionetas pertenecientes a antiguos compañeros de cuarto que se encuentran actualmente detenidos, cumpliendo sentencias antes de ser deportados. Una lista pegada en la pared tiene los días para la limpieza de la casa de siete antiguos residentes: Lucio, Verónica, Adelo, Luis, Ramón, Nayo, Marvin.

Sólo uno de ellos no está en la cárcel: la propia Verónica.

Cuando se le preguntó por qué todavía tenía miedo de la inmigración, puesto que ya la habían capturado, ella sacude su cabeza. "Todavía tengo miedo, porque cuando vinieron por nosotros, la gente estaba llorando, otros gritaban, otros corrían, era como una guerra. Una todavía se siente muy triste y con mucho miedo".

Ella dice que un agente de inmigración le golpeó la cara y la cabeza con su mano mientras la sacaba del sitio donde se escondía en medio de las cajas utilizadas para empacar los pollos. Él se disculpó después, diciéndole que pensaba que era un hombre.

Cleotildo López, que es el tío de Cumez, del mismo municipio de San Miguel Dueñas, en Guatemala, fue puesto en libertad con una pulsera de tobillo para que pudiera cuidar a su hijo de 17 años de edad, Abner, que también trabajaba en la planta. Dos de sus hermanos, que también trabajaban en Agriprocessors también están en la cárcel, al igual que varios sobrinos. Él no puede imaginarse cómo va a poder mantener un techo sobre su cabeza, o evitar deprimirse, en los próximos meses, sin trabajo.

Elvira Esparza, de 28 años, tiene un hijo de dos años de edad nacido en los Estados Unidos. A diferencia de la mayoría de los hombres y las mujeres con brazaletes de tobillo, que sólo quieren ser deportados rápidamente, ella espera que se le permita permanecer en los Estados Unidos ya que su hijo es ciudadano y tiene una enfermedad que amenaza su vista si no se le hace seguimiento constantemente. Ella teme que si es deportada a México, donde no tendrá seguro de salud, no será capaz de proporcionarle la atención médica adecuada.

De la redada, dice: "fue un enorme trauma... nos rodearon como si fuéramos delincuentes". Ella estaba muy asustada, dice, no salió de su casa durante tres días después de ser liberada. Incluso un mes más tarde, llora cada vez que comienza a hablar de la incursión, y cuando lo hace, su hijo comienza a llorar también.

Su marido ha estado fuera de Postville en busca de trabajo, en Burlington, Iowa, pero no habiendo tenido mucha suerte allí, está ahora pensando ir a Georgia o a Tennessee. "Le dije, usted siga, sólo váyase. Porque, de todos modos, lo peor que podría haberme ocurrido a mí en la vida ya ha ocurrido. Ya basta para mí".

Por su parte, López incluso dice que preferiría ser enviado a prisión a la espera de la deportación en lugar de vivir con la ansiedad de quedarse dependiendo de la caridad de Postville y de los eventos de alimentos gratuitos organizados por las iglesias. "Habría sido mejor si nos hubieran llevado a nosotros ese mismo día", dice. "Porque ¿cómo me voy a ganar un cheque, a pagar lo que no tengo? Van a desalojarme de mi casa y qué voy a hacer? Eso es en lo que pienso todo el tiempo".

A las 11 a.m., López busca su cargador para una de sus dos sesiones diarias de conectar el brazalete de tobillo en el enchufe de la pared. Durante la duración de la carga, literalmente está encadenado a la pared. Y mira hacia adelante con la vista en blanco y los ojos vidriosos que muchos antiguos empacadores de carne de Postville tienen.

"No queda nada aquí", dice.

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