- 2012elections - 9/11 Special Coverage - aca - africanamericanalzheimers - aids - Alabama News Network - american - Awards & Expo - bees - bilingual - border - californiaeducation - Caribbean - cir - citizenship - climatechange - collgeinmiami - community - democrats - ecotourism - Elders - Election 2012 - elections2012 - escuelas - Ethnic Media in the News - Ethnicities - Events - Eye on Egypt - Fellowships - food - Foreclosures - Growing Up Poor in the Bay Area - Health Care Reform - healthyhungerfreekids - howtodie - humiliating - immigrants - Inside the Shadow Economy - kimjongun - Latin America - Law & Justice - Living - Media - memphismediaroundtable - Multimedia - NAM en Espaol - Politics & Governance - Religion - Richmond Pulse - Science & Technology - Sports - The Movement to Expand Health Care Access - Video - Voter Suppression - War & Conflict - 攔截盤查政策 - Top Stories - Immigration - Health - Economy - Education - Environment - Ethnic Media Headlines - International Affairs - NAM en Español - Occupy Protests - Youth Culture - Collaborative Reporting

Después de un año, la redada de Iowa atormenta a los inmigrantes

New America Media, Reportaje, Marcelo Ballvé Posted: May 12, 2009

English Translation

Nota del redactor: El 12 de mayo, 2008, agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas allanaron una planta procesadora de carne en Postville, Iowa, y arrestaron a 389 inmigrantes. La redada involucró a cientos de agentes, apoyo de helicópteros, y tuvo un precio de millones de dólares. Verónica Cúmez, una de las trabajadoras indocumentadas, recuerda aquel día y habla acerca de su secuela con el reportero de NAM Marcelo Ballvé.

El 12 de mayo es una marca negra que vivirá para siempre en el calendario de Verónica Cúmez. Ese día de 2008, agentes armados del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas [ICE] hicieron una redada en el matadero de Postville, Iowa donde trabajaba empacando piezas de pollo en cajas de poliestireno.

“Es como si hubiera pasado ayer”, dijo en una entrevista telefónica la víspera del primer aniversario de la redada. “Todo lo que ha pasado desde entonces ha sido muy doloroso”.

En total, los agentes del ICE capturaron a 389 inmigrantes. El número sirve como indicador de la tremenda escala de la redada. Involucró a cientos de agentes, apoyo de helicópteros y un precio de millones de dólares. Devastó al mismo Postville, sumiendo al pueblo en una crisis económica de la que aun no se ha recuperado.

Pero el impacto en los que están en el seno del incidente, centenares de arrestados, sólo se puede adivinar examinando los cambios en la vida de un individuo después del 12 de mayo.

El día de la redada, Cúmez, mujer de voz suave de 33 años y madre de tres hijos, dijo que corrió desesperadamente para esconderse de los agentes. Afligida, intentó ocultarse en un montón de cajas de embalaje, pero pronto la descubrieron.

Un agente, dijo Cúmez, enojado por los intentos de los inmigrantes por esconderse, le pegó en la cabeza con la mano antes de sacarla de su escondite. Poco después, él le pidió disculpas diciendo que no se dio cuenta de que era una mujer.

Sólo fue la primera humillación en un año lleno de ellas, mientras ha luchado con su nueva existencia como presa inmigratoria del gobierno de los EE.UU.

Como unas cuantas decenas de los 389 arrestados ese día, Cúmez ha estado virtualmente arrestada, monitorizada por los agentes federales mediante una tobillera electrónica. Mientras tanto, su caso procede poco a poco por los tribunales de inmigración notoriamente lentos.

Todos los días, en un rito que destaca su impotencia, tienen que enchufar las tobilleras en un enchufe de pared en su casa y quedarse virtualmente encadenados mientras el dispositivo basado en GPS se recarga.

“Es molesto”, dijo Cúmez de la tobillera, “pero es algo que tenemos que aguantar”.

A algunos de entre los trabajadores de Agriprocessors liberados con las tobilleras se les ha otorgado permisos laborales temporales, ya que están cooperando con los investigadores procesando a sus antiguos jefes en juicios por fraude, trabajo infantil, y cargos inmigratorios.

Pero Cúmez no ha tenido tanta suerte hasta ahora. Aunque anhele trabajar, tiene que depender de la caridad de las iglesias de Postville para su comida y renta.

Aparte de la ansiedad, la soledad también es un ingrediente principal en su nueva vida. En las semanas y meses después de la redada, una red entera de parientes de su aldea en Guatemala, San José Calderas, incluyendo a tres cuñados, fueron arrestados y deportados o abandonaron Postville.

Pero el momento más desgarrador vino en septiembre. A principios de mes, Cúmez se vio obligada a enviar a su hija, Silvia, de 14 años, a Guatemala.

Madre e hija habían logrado un poco de estabilidad durante sus primeros años en Postville. Vivían en una casa en una calle de jardines cuidados y una estación de bomberos. Compartían una casa con otros seis trabajadores inmigrantes, y Silvia asistía a la escuela pública local y aprendía inglés.

La redada lo cambió todo. Apenas unas semanas después del 12 de mayo, su casa quedó inquietantemente vacía. Todos los compañeros de casa de Cúmez habían sido detenidos en la redada o abandonaron el pueblo de prisa. Un par de sus coches abandonados atascaban la entrada al garaje.

Uno de los cuñados de Cúmez, Faustino López, vino a vivir en la casa, pero pronto el peligro de ser arrestado se vio muy posible, y también se fue.

Cúmez sabía que sería difícil cuidar bien de Silvia con la caridad que le ofrecían mientras se quedaba nadando entre dos aguas, pero más que nada lo que inició su separación fue el miedo.

Como Silvia no tenía papeles, Cúmez se preocupaba de qué le pasaría si algún día fuera descubierta. No quería que su hija pasara por nada como el trauma que ella había experimentado. Además, Silvia también estaba nerviosa viviendo entre los escombros de sus antiguas vidas, y quería volver.

Una bochornosa tarde a principios de septiembre, unos cuatro meses después de la redada, Cúmez se despidió de Silvia con abrazos y lágrimas en el patio trasero de su casa. Madre e hija no sabían cuándo se volverían a ver. Ambas sabían que podrían pasar varios años.

Después de arreglarse su cabello oscuro, de fijar sus aretes de aro, de terminar unas llamadas de último momento a amigos en su teléfono celular, de fingir sonrisas para la cámara, y de decir el último adiós, Silvia se subió a la camioneta que la esperaba. La transportó en cinco horas al aeropuerto O´Hare de Chicago y al vuelo a Guatemala.

Cúmez se quedó atrás, de repente sola. En la cocina de su casa, le dijo a una visita que esperaba poder verla de nuevo antes del largo invierno de Iowa y las fiestas, una esperanza que no se cumplió.

En una o dos horas desde la salida de su hija, Cúmez se presentó en la Iglesia Católica de St. Bridget llorando y siendo consolada por su abogada, Sonia Parras Konrad. “Siempre le pido a Dios que ayude a reunirnos”, dijo.

Por ahora, Silvia está en San José con su hermana de 16 años, Azucena, y un hermano de 10 años, José Alexander, en casa de su abuela.

Sin las remesas de su madre para reforzar las finanzas familiares, Silvia no se puede permitir el lujo de la escuela a su edad, y en cambio se queda en casa para ayudar a cuidar a su hermanito, y a sus cuatro sobrinos que comparten la casa.

A pesar de todos estos contratiempos, Cúmez todavía se aferra a una última esperanza. Está luchando por una visa especial como guardián de un sobrino que era un trabajador menor de edad en Agriprocessors. Con la visa, a lo mejor se queda a trabajar en Iowa y vuelve a enviar dinero a su madre e hijos.

Dice que participará en las manifestaciones de hoy en Postville para conmemorar las redadas del 12 de mayo.

Pero en algún momento del día del aniversario, tendrá que enchufar su tobillera, y le será difícil escapar del sentimiento de que sigue donde comenzó.



Page 1 of 1

-->




Advertisement


ADVERTISEMENT


Just Posted

NAM Coverage

NAM en Español